02 de diciembre, 2022

El mal clima de inversión en México.

Por Asael Polo
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La inversión coloquialmente se define como los recursos de bienes reales que se utilizan en el recorrido de una línea de producción o como todo bien duradero que sirve para su utilización de inmediato o bien, para su reventa.
Se identifican dos tipos de inversión: inversión productiva e inversión financiera. Estas dos constituyen la inversión total.
La inversión financiera se define como aquella en la que se compran activos financieros que generen rendimientos. Las partes integrantes de dicha inversión son, entre otros, los depósitos financieros, las acciones, bonos y los bienes intangibles.
La inversión productiva resulta ser la más importante, ya que es una inversión comúnmente directa y es la encargada de acrecentar la economía de un país en términos reales; también llamados bienes tangibles.
El sistema económico se divide en tres grandes grupos de inversión: la inversión privada, la inversión pública y la inversión extranjera directa. Es importante esta división ya que cada una tiene diferentes incentivos a invertir además de aportar de forma diferente al producto interno bruto.  
En los últimos años, muchos analistas han visto con preocupación la prolongada caída de la inversión en México a raíz, principalmente, de la poca certeza jurídica del gobierno.
La inversión productiva en México ha mostrado una creciente debilidad. Particularmente, esta variable se ha visto estancada desde el segundo trimestre de 2015 como resultado del declive del componente de la construcción, que contrarrestó el ascenso de maquinaria y equipo.
La trayectoria descendiente se ha profundizado a partir 2018, y la atonía de sus componentes se han visto erosionados, a su vez, se acentuó durante abril y mayo de 2020 como consecuencia de las malas medidas para enfrentar la pandemia. El desplome fue sustancial, al llevar la inversión a un nivel inferior a 80% del promedio observado en 2013.
El dinamismo contemporáneo de la economía es desfavorable ya que el desempeño de la inversión es preocupante y esta limita el consumo tanto privado como público. Así, a pesar de ser el componente de la demanda agregada que más cayó en 2020, la inversión ha apoyado poco a la recuperación económica.
Por otra parte, el inicio de la tendencia declinante de la inversión total a mediados de 2018 coincide con la victoria electoral del actual presidente de la República, cuya implicación inmediata para la inversión fue la decisión de detener la edificación del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, con base en una consulta popular llevada a cabo en octubre de ese año.
A la determinación anterior, le han seguido una serie de acciones gubernamentales que han dañado el clima para hacer negocios en México, las cuales, no siguen el principio de lo mencionado en los puntos anteriores y que han impuesto barreras a la inversión y el deterioro del Estado de derecho. Las acciones más notorias han abarcado la interrupción de la construcción de una importante fábrica cervecera, recurriendo a otra consulta popular; el freno de permisos y subastas en el sector energético; y la renegociación de contratos con concesionarios de ductos, entre otras.
Ante los hechos recientes de la conducción de nuestra economía, es menester dialogar y debatir los retos que nos deparan para 2023 en la expansión de la inversión, ya que, como se ha descrito, ha experimentado un escenario de desaceleración que pone en entredicho el crecimiento económico. Recordar el axioma que dicta que, sin inversión, no hay empleo, sin empleo, no hay salarios y sin salarios suficientes, la sociedad está expuesta a problemas además de los económicos, sociales, como lo es el crimen.

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Autor

Asael Polo

Economista por la UNAM. Especialista en finanzas bancarias y política económica. Analista en Dicre, escribe para Asuntos Capitales, El Tintero Económico y México Libertario.

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