Frankenstein y el feminismo moderno

Publicado en Cultura el jueves 1, octubre, 2020

Por Juan Carlos González Caldito

En el verano boreal de 1816, conocido como el año sin verano debido a las graves anomalías en el clima estival que causaron una disminución en la temperatura mundial, el hemisferio norte del planeta soportó un frío y largo invierno. Durante ese año, Percy Bysshe Shelley y su mujer Mary Wollstonecraft Godwin,  más conocida como Mary Shelley tras casarse con su marido, visitaron a su amigo Lord Byron en Suiza. En esa visita de días, Lord Byron y los Shelley compartieron lecturas alemanas sobre fantasmas, lo que llevó a Byron a retar a los Shelley y a su medico personal John Polidori a componer, cada uno, una historia de terror. De los cuatro, solo Polidori completó la historia, pero Mary Shelley concibió una idea que seria el germen de una de las novelas de ciencia ficción terrorífico más famosas de la historia: Frankenstein o el moderno Prometeo.  

La interpretación generalizada de Frankenstein ha consistido en tratar la novela como una alegoría de la perversión que puede ocasionar el desarrollo científico. Según esta interpretación, la ciencia ficción de la obra, inscrita en el contexto de las fases tempranas de la revolución industrial, reflejaría los cambios de la época a través de los experimentos científicos de Víctor Frankenstein que, en su búsqueda de la creación de la vida, intentaría suplantar el poder divino de la naturaleza por el poder del conocimiento científico. De este modo, la obra representaría la arrogancia del avance científico frente al orden de la naturaleza, reflejado a través del desprecio del doctor Frankenstein hacia la naturaleza, siendo considerada la novela como un símbolo del capitalismo naciente de la época que no respeta la dignidad básica del ser humano.

Una segunda interpretación, esta de tipo más biográfica, haría referencia a los miedos frecuentes que las mujeres tenían sobre los embarazos en tiempos de Shelley, un miedo que radicaba en que el nacimiento acarrease consecuencias fatales para la madre o para los fetos prematuros. Mary Shelley tuvo un parto prematuro poco antes del verano de 1816 motivo por el cual, y según esta interpretación, tradujo a través de la figura de Víctor Frankenstein su obsesión por la idea de que la criatura escapara a su control y pudiera ejercer el libre albedrío en un mundo que le afectaría de una u otra manera, sustentando dicha interpretación en el hecho de que Frankenstein mantiene durante toda la obra el miedo a ser destruido por su misma creación.

Si bien estas son dos interpretaciones posibles, lo cierto es que ninguna acertó con el fondo filosófico de la obra de Shelley pues obviaron lo más importante, a saber, la relación de Mary Shelley con su madre o, mejor dicho, con la filosofía de su madre, Mary Wollstonecraft. Lejos de estas interpretaciones, y como demostraremos en el artículo, Frankenstein es una novela feminista que tenía como objetivo criticar la situación de la mujer del siglo XIX, una situación generada por el hombre: la mujer del siglo XIX era una monstruosidad creada por el hombre que también iba a rebelarse contra su creador.

John Opie. Mary Wollstonecraft (h. 1797). National Portrait Gallery (Londres).

Mary Shelley fue la segunda hija de la filósofa Mary Wollstonecraft y la primera hija del filósofo y periodista William Godwin. Mary Wollstonecraft falleció de una infección posparto tras dar a luz a Mary Shelley pero la filosofía de la madre la heredó la hija: si bien Godwin, el padre de Mary Shelley, admitió que no educó a sus hijos según la filosofía de Mary Wollstonecraft, lo cierto es que durante los viajes que Mary Shelley y Percy Bysshe Shelley realizaron por Europa ambos se empaparon de las obras de Mary Wollstonecraft y otros autores, conservando la filosofía de la madre en la hija. Pero, ¿cual era la filosofía de Mary Wollstonecraft? ¿Por qué se la considera como una de las filósofas feministas más importantes?

Respetados filósofos de la época sostenían que la superficialidad y estupidez de las mujeres era un deficiencia innata y que, por lo tanto, las mujeres debían ser educadas de manera distinta a los hombres. Este argumento era defendido por famosos filósofos como Rousseau, el cual consideraba a través de su  Emilio, o De la educación que la mujer era un ser irracional y malvado que debía ser educada como complemento de los hombres para «serles útiles, hacerse querer y cuidarlos, educarlos cuando son niños y cuidarlos cuando grandes, aconsejarles, consolarlos y hacerles grata y suave la vida». No obstante, Wollstonecraft sostenía que la superficialidad y estupidez de las mujeres no era una deficiencia innata, sino una consecuencia de la educación que recibían las mujeres al ser consideradas inferiores racionalmente, una educación que imposibilitaba su autonomía y las denigraba a mero complemento de los hombres. De este modo, Wollstonecraft se oponía diametralmente al argumento rousseauniano y defendía que las mujeres, en tanto que seres racionales igual que los hombres, debían ser educadas racionalmente, de modo que pudieran así contribuir a la sociedad.  

La tesis igualitaria de Wollstonecraft aparece en su obra la Vindicación de los derechos de la mujer, publicada en 1792, un tratado filosófico-político en el que denunciaba a la mujer y su situación. La filósofa británica dirigía en ella una de las críticas más mordaces a la falsa y excesiva sensibilidad en las mujeres ya que, según Wollstonecraft, las mujeres eran «enseñadas desde su infancia que la belleza es el cetro de las mujeres, la mente se amolda al cuerpo y, errante en su dorada jaula, solo buscan adornar su prisión», sucumbiendo así a la estupidez y la superficialidad. Era por este motivo, sostenía Wollstonecraft, que las mujeres eran presas de sus sentidos y que, por lo tanto, no podían pensar racionalmente, mostrándose como seres irracionales. De este modo, las mujeres eran educadas como seres irracionales porque la construcción social y la educación que recibían las trataba como irracionales, hasta el punto que dicha educación las hacia actuar acorde a patrones superficiales que las cosificaba y las convertía en meros objetos para los hombres, perjudicándose a si mismas pero también a toda la humanidad pues con dicha actitud las mujeres no podían contribuir en el avance ilustrado, sino sólo colaborar en su destrucción. Como consecuencia, la filosofía de la  Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft acabó siendo un tratado fundamental para el feminismo moderno en general, así como un tratado educacional y guía de comportamiento en particular para su hija Mary Shelley, impregnando la filosofía de la Vindicación de los derechos de la mujer de Wollstonecraft toda la novela de Frankenstein, o el moderno Prometeo de Mary Shelley.

La novela de Frankenstein narra la historia de Víctor Frankenstein, un joven ávido de conocimientos científicos que se obsesiona por lograr el mayor reto posible en el mundo científico: dotar de vida a un cuerpo muerto. No obstante, su éxito deviene su condena, pues crea un monstruo estremecedor que, en respuesta a su rechazo por todos, se entrega por completo a saciar una sed de venganza hacia su creador, culpable de su desgracia, y hacia todo lo que éste ama, tornando en muerte todo cuanto atañe a Víctor. Como solución a su situación y enfermo de soledad, el monstruo reclama una compañera a su creador a cambio de desaparecer para siempre, pero Víctor se niega a ello, provocando así que la única salida hacia la paz y el descanso sea el fin de uno de los dos.

La novela de Mary Shelley, enmarcada en la tradición de la novela gótica, es en realidad una alegoría de la filosofía feminista de su madre, pues a través de la experiencia del monstruo se descubre la realidad de la mujer de su época: así como la naturaleza del monstruo es buena pero ésta se corrompe a partir de la relación con su creador, la naturaleza de la mujer que es racional se corrompe hasta reducirla a estupidez y superficialidad a través de la educación que recibe y por ello es excluida de la sociedad y despreciada. El monstruo, una creación del hombre, nace como un engendro por haber sido creado a partir de una racionalidad que no le permite una relación autónoma con su entorno al ser un cuerpo muerto y putrefacto que al dotarlo de vida no encaja en la racionalidad del hombre a pesar de haber sido creado por él mismo. El monstruo resulta ser una alegoría de la situación de la mujer pues ésta, siendo educada y, por lo tanto, construida según la educación que le otorga el hombre, deviene un ser estúpido y superficial que sólo provoca desprecio en el hombre, hasta llegar a considerarla un ser irracional: el hombre educa a la mujer para que ésta sea estúpida partiendo de la errónea premisa que considera a la mujer estúpida biológicamente, por lo que la mujer acaba siendo una creación del hombre que él mismo desprecia. De este modo,  ambas apariencias, la del monstruo y la de la mujer, son consideradas monstruosas, y aquí es dónde se encuentra el vínculo entre la condición femenina y la condición monstruosa.

El tratado de la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft florece a lo largo de la obra de Mary Shelley a través de su narración. Así, por el ejemplo, en el capítulo dos del segundo volumen, Mary Shelley hace una clara referencia a la educación natural que debían recibir los niños según Rousseau, una educación que los acercara a la naturaleza y no la sociedad, pues sostenía el filósofo francés que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad, en la que convive con las mujeres, lo vuelve malvado, motivo por el cual hacía hablar a Rousseau a través de Víctor Frankenstein cuando éste se preguntaba «¿Por qué presume el hombre de una sensibilidad mayor a la de las bestias cuando esto sólo consigue convertirlos en seres más necesitados? Si nuestros instintos se limitaran al hambre, la sed y el deseo, seríamos casi libres».

Contrariamente, el monstruo encarna a la mujer y su lucha contra su creador y situación. Así, en el capítulo siete del segundo volumen, el monstruo se pregunta «¿Por qué creaste a un monstruo tan horripilante, del cual incluso tú te apartaste asqueado?», refiriéndose a la monstruosidad de la mujer del siglo XIX como creación del hombre a través de la educación que recibían las mujeres, y continua acto seguido expresando que «Dios, en su misericordia, creó al hombre hermoso y fascinante, a su imagen y semejanza. Pero mi aspecto es una abominable imitación del tuyo, más desagradable todavía gracias a esta semejanza». Continua el monstruo en el siguiente capítulo achacando a su creador «me habías dotado de sentimientos y pasiones para luego lanzarme al mundo, víctima del desprecio y repugnancia de la humanidad», una clara alusión a la mujer del siglo XIX como ser irracional que posee solo sentimiento y pasiones y que, guiados por ellos, es un ser despreciado por la humanidad, es decir, por la sociedad.

Más explicito es en el capítulo nueve del segundo volumen cuando, a través del monstruo, Mary Shelley resume en una frase la crítica filosófica de su madre según la cual, mediante la educación recibida, la mujer de su época deviene en un ser estúpido y superficial que se vuelve malvado, cuando en una frase le hace gritar «¡soy un malvado porque no soy feliz!». Pero el feminismo de Wollstonecraft y Shelley no es solo crítica y lamento, sino también orgullo y lucha. Así nos lo demuestra la autora cuando escribe en el quinto capítulo del segundo volumen «¡Qué extraña naturaleza la del saber! Se aferra a la mente, de la cual ha tomado posesión, como el liquen a la roca», una alusión, a través del monstruo, a como una vez vemos la verdad y tenemos un determinado conocimiento – en este caso ser conscientes de como la degradante educación que reciben las mujeres las convierte en monstruos – ya no podemos desprendernos de él: conocer la situación de la mujer hace que no nos podamos desprender de dicho conocimiento y que no solo la critiquemos, sino que luchemos por cambiarla; conocer la situación de la mujer hace que las verdades de los grandes filósofos hombres como Rousseau sobre las mujeres no sólo sean mentira, sino una construcción de los hombres que denigra a las mujeres y destruye a la sociedad. 

Mary Shelley. Frankenstein, or the Modern Prometheus, page 7 (1922).

La visita de los Shelley a Lord Byron sirvió como germen de Frankenstein, y si bien Mary Shelley no acabó allí la obra, hubo que esperar apenas dos años para que la publicación de la obra viera la luz. A pesar de la situación en la que vivían las mujeres en el contexto de Mary Shelley, su origen filosófico quedo vislumbrado por el contexto científico en el que fue creada la obra y acabó siendo interpretada, mayoritariamente, como una obra de ciencia ficción contra el cientificismo de la época, una reducción del sentido de la obra causada por la incomprensión y ceguera ante la situación de la mujer del siglo XIX. De hecho, la obra de Frankenstein se ha interpretado más de 90 veces en el cine y el monstruo de Frankenstein ha aparecido innumerables veces en la televisión; se han escrito artículos y ensayos sobre su repercusión en los géneros de ciencia ficción y de terror, e incluso se ha caricaturizado al monstruo cientos de veces como un ser vacío y estúpido, como un zombi que deambula sin sentido con los brazos estirados. Pero muy pocas veces se la ha querido interpretar desde el lugar que fue concebida, a saber, como una obra que utiliza los recursos de la novela gótica para explicar, estéticamente, la filosofía feminista de Mary Wollstonecraft.

No obstante, con el auge de la crítica literaria feminista llevada a cabo en la década de 1970, las obras de Mary Shelley en general y Frankenstein en particular, comenzaron a limpiarse de su falta de contenido critico-feminista. De este modo, empezó a entenderse, aunque muy lentamente, que las obras de Shelley se centraban en el papel de la familia en la sociedad y el rol de la mujer dentro de esa familia y de la sociedad, siendo el monstruo de Frankenstein un símil para explicar que cuando las características afectivas y compasivas propias de las mujeres se ven corrompidas entonces la sociedad no funciona bien. De hecho, Shelley estaba profundamente comprometida con la lucha de los derechos y la igualdad de la mujer frente al hombre, y prueba de ello es también Lodore, una obra de Mary Shelley publicada en 1835 en la que analizó la cultura patriarcal que separa a los sexos y que posiciona a las mujeres bajo la dependencia de los hombres.

Nuestra tradición filosófica y literaria está repleta de nombres masculinos, y casi siempre se respeta la intencionalidad estética de sus autores. Sin embargo, demasiado a menudo nuestras filósofas y literarias quedan enterradas bajo el grueso de la tradición dominada por la masculinidad, y cuando esto no es posible con autoras tan geniales como Mary Shelley, se desvirtúa su obra hasta reducirla a mera obra de ciencia ficción, vaciando de contenido y sentido sus obras como se ha hecho tan a menudo con Frankenstein: tan solo hay que preguntar a cualquier persona cual piensa que es el fondo filosófico de la obra y muy pocos o ninguno dirán que es una obra feminista, pero muchos afirmarán que es una obra de ciencia ficción y de terror que critica el cientificismo. Y todo debido a una irresponsabilidad muy grande de aquellos que o bien no entendieron nunca la obra, o la entendieron y prefirieron mantener la línea rousseauniana según la cual la mujer es un ser irracional que hay que educar como un complemento del hombre.


Vía: http://revistamito.com/