Pilar, trasvesti del Centro, y su filosofía empresarial: ‘Si un cliente me parte la madre yo se la parto dos veces’

Publicado en Erotomanía el miércoles 22, junio, 2016

Por Luciano Camilo André

Morelia, Michoacán.- Primero busqué a mi amigo Yiorch. Precaución, cobardía: llámenle como quieran. No me iba a ir a meter solo.

-Aquí está bien- dice Amanda. -Hay lluvia y ni clientes llegan. Además con esto ya me alcanza para llevarle tortillas a mi viejo.

Yiorch, que siente genuino interés científico por estos asuntos, dijo que sí. Y ahora Amanda muestra, ufana, los 100 pesos que tiene en el bolsillo. Yo se los acabo de dar.

Son las 20:00 horas. El cielo tiene ese desagradable color panza de burro característico en Morelia, que anuncia que puede llover pero no, que puede salir el sol, pero no. Al final ni llueve ni sale el sol. No hace calor, pero se suda y Amanda y Pilar, que en realidad no se llaman ni Amanda ni Pilar, sudan.

Amanda es prostituta, tiene a su viejo enfermo y no celebrará el Día de la Madre porque sus hijos la desprecian porque es prostituta. Pilar es travesti, quiere que le invite una cerveza y hace pocos minutos me reclamó porque yo, torpemente, le pregunté si celebraría el Día de la Madre. No seas güey, me dijo mi amigo Yiorch: es trasvesti. Los trasvestis no celebran el Día de la Madre.

Tiene razón.

PILAR, HISTORIAS DE LOCOS

El sol casi se esconde. Son los entresijos de la vieja central camionera, donde el sol nunca llega. A veces llegan clientes. Hoy, con la panza de burro y lo que todos sudan, ni siquiera eso.

Amanda y Pilar no quieren hablar. A esta hora se trabaja y ellas trabajan. A un lado permanece el destruido templo del Beatería de las Carmelitas Descalzas. Al otro lado, un lavacoches nos mira con recelo.

-¿Es peligroso?- pregunta Yiorch.

-No. Es enfermito- dice Pilar. -Pero nos cuida. Nosotras también lo cuidamos. Y nos cuidamos entre nosotras.

-¿Es muy peligroso trabajar acá?

Amanda me mira y hace un gesto como diciendo: este niño es tonto.

Amanda es de Apatzingán. Llegó a Morelia hace 25 años. Sus únicos días de descanso son cuando está enferma. Amanda tiene un compañero. Es lavacoches. Tiene 45 años y hace poco se accidentó. Un carro le pasó por encima y le rompió varios huesos. Ahora está en su casa, en Las Tijeras, convaleciente. Tiene pernos en los huesos. Quiere levantarse, dice Amanda. Ella no lo deja.

-Antes muerta que dejar que otra vez se me malogre.

Pilar es de Morelia, tiene pareja estable y no tiene horarios. A veces, a las 5 de la mañana, aún trabaja cerca de la vieja Central. Las dos se conocen desde hace dos años.

-Nos cuidamos de los clientes, o de las colegas que se ponen celosas porque una pesca y ellas no. A veces nos tenemos que ir a las manos. Pues nos vamos a las manos.

Otras veces el asunto se pone peligroso. Los clientes llegan pasados de copas, o medio violentos, o sin dinero. O las tres cosas. Ahí hay que defenderse.

-Cuando llevas clientes como esos, ¿qué pasa si no te gusta?

Pilar expone parte de su filosofía empresarial.

-¿Por qué? Chamba es chamba. Dinero es dinero. Este es un trabajo. Aunque esté anciano, esté viejito, esté joven, ni modo… Yo le entro igual.

-¿Y tú, Amanda?

Amanda no contesta. Está entretenido hablando con Yiorch.

Pilar dice: el buen trato al cliente es fundamental.

-En este trabajo hay que armarse de paciencia. Si no te gusta algo, pues tratas de librarla y ya. Pero no hay que enfrentarse con el cliente. Muchos andan hasta armados.

-¿Y qué pasa si un cliente se pone violento contigo?

Pilar es flexible y está dispuesta a ceder un poco en cuanto al buen trato al cliente.

-Si un cliente me parte la madre yo se la parto dos veces. Yo vengo a trabajar, no a que me jodan.

Todo por el negocio.

Otras veces las calles se ponen peligrosas.

-Aquí, en ese mismo lugar, me atropellaron- dice Amanda. -Fue hace años. Dije que nunca más sería otra vez puta. Pero tuve que volver.

-A mí me han aventado vehículos dos veces- agrega Pilar. -Estuve un mes y medio en el hospital. Apenas pude regresé a trabajar. Cuando los clientes intentan pasarse de la raya, una también se pasa de la raya. Los rasguño. Si el otro me trae del pescuezo, le dejo ir uno en los huevos.

Andrea asegura que una vez, sólo una vez, sitio miedo de verdad.

-Me agarraron a balazos. Yo les decía: oye, sólo quiero mantener a mis hijos. Fue un cliente, no sabemos quién. Así pasa a veces, una trabaja por los hijos pero vienen unos cabrones que nos golpean.

-¿No te da miedo estar aquí?

-No. Ya sabemos que estamos en la boca del lobo. Hay güeyes de todo.

-¿Cómo las trata la policía?

-No nos dicen nada. Nos ayudan. A los que se quedan aventando broncas, los controlan.

-Y los policías, ¿después cobran los favores?

Pilar y Amanda se miran de reojo, cómplices.

-Ay güerito, qué pendejadas que preguntas.

MERETRICES EN MORELIA: DATOS

En Michoacán no existe un catastro actualizado de cuántas mujeres son prostitutas. Algunas más cuidadosas como Amanda y Pilar se hacen exámenes una vez al mes el del Centro de Salud, donde las atienden gratis. Otras no son tan prudentes, atienden a cualquiera y pasan meses sin analizarse. Tampoco usan condón. Eso, dicen ambas, es un descalabro para el negocio.

Explican que la Secretaría de Salud no les exige exámenes, aunque son gratis. Quien quiera se lo hace.

-Imagínate: llega un tipo con alguna enfermedad, y después me la pega y yo se la pego a los demás. No se acaba nunca. Pero las chicas no entienden eso.

Una vez un tipo le ofreció mil pesos. Pero sin condón. Pilar no quiso. La precaución puede sonar extrema, pero en realidad se trata de un asunto de sobrevivencia. En 2015, en Morelia se registraron siete casos de SIDA en prostitutas. En 2014, ocho.

-Me dijo: te doy mil además de lo que ya te di. ¿Cómo vas a perder mil pesos?

Las áreas principales en donde se sitúan las prostitutas son las calles Abasolo y Eduardo Ruiz, la Nocupétaro y las plaza Carrillo y La Soterraña. Como los clientes más avezados conocen -desde luego Yiorch, quien tiene interés científico- cada zona tiene su propia especialización.

-Yo dije: no. Mil pesos, y después nadie me quita cualquier pinche enfermedad…

En la Nocupétaro abundan los travestis, que tienen un líder que los representa -Pamela, quien junto con el Ayuntamiento organiza charlas para algunas trabajadoras sexuales- y en general cobran más caro. En la Plaza Carrillo, junto a una tienda de bicicletas, abundan muchachas más jóvenes y agraciadas, de quienes varios taxistas aseguran que están controladas por el narco. En La Soterraña hay mujeres de más edad, y en sus anécdotas abundan historias homosexuales porque La Soterraña es extraoficialmente lugar de encuentro de jóvenes gays. Las prostitutas del centro son más diversas, y las de la Central Camionera son consideradas entre las que cobran menos y menos exigen.

-No. Por mil pesos yo no me muero.

En los table dances, en tanto, están las prostitutas más finas, pero esas responden a otros intereses y en Morelia no es saludable inmiscuirse demasiado en esas historias. Respecto de las de la calle, todos estos datos -sesgados, preliminares- son comprobables a simple vista y en este caso corroborados por Yiorch, un fino conocedor de la noche y los placeres de Morelia.

LA ESCATOLOGÍA DEL PLACER

Las películas y la literatura dan una visión distorsionada de esta actividad. En el mundo real de la prostitución pocas veces las historias tienen finales felices. Al menos las historias de Morelia, en donde los problemas estructurales -economía, seguridad, empleo- afectan a la mayor parte de la población.

A las prostitutas también les afecta. Cuando hay lana, dice Pilar, llegan morelianos de mucha lana, en buenos carros, perfumados. Las invitan a buenos hoteles. Les ofrecen los mejores vinos. Cuando no, el nivel de los clientes baja.

-De repente llega alguno que no se baña- dice Pilar. -Y ahí tengo que hacer un esfuerzo.

Amanda, mientras, le explica al lavacoche que Yiorch y yo somos buenas personas. Él nos mira y no está muy convencido.

-Otros quieren hacer porquerías- sigue Pilar. -Una vez un tipo quería que le orinara la cabeza. Insistió tanto que lo meé cuando yo estaba en el baño haciendo pis. Parece que le gustó. Después trató de abrazarme. ’Salga, pinche puerco, vaya a bañarse primero’. Y ahí estaba él, abrazo y abrazo y yo tratando de zafarme.

-Cuando te piden esas cosas, ¿las haces?

La pregunta es de Yiorch, que siente genuina curiosidad.

-Si me pagan, sí. Pero cobro caro.

-¿Y tienen lana para pagarte esos servicios extras? 

Pilar se ríe.

-Ay güerito, si supieras quiénes son los morelianos que vienen a verme…

Una vez, una sola vez, un cliente quería que Pilar le besara el culo. Ella no se dejó. Entonces el cliente le pidió besarle el culo a Pilar. Dijo que sí, pero saldría más caro. De acuerdo. Pilar estaba boca abajo, con la lengua del cliente en el culo. De pronto sintió que la trataba de penetrar.

-Ahí sí que me enojé. Qué se había creído, pinche naco de mierda, que porque una es puta pueden cogérsela por donde quieran…

-¿Nunca dejas que te lo hagan por atrás?

-Güerito, con buenas maneras todos aflojamos.

-¿Y hay quienes te pidan que tú los penetres? 

La pregunta es de Yiorch, que se seguro tiene interés científico. Pilar mira a Amanda y las dos se ríen. Es una risa de aprobación.

-Ay güerito, las pendejadas que preguntas.

Son cerca a de las 21:00 horas. La lluvia acabó y los clientes no llegaron. Con el dinero que les di las dos dicen que se irán a casa. Ya hay pa las tortillas, dicen. El cielo está oscuro y hace calor. Amanda suda. Pilar suda. Amanda no se llama Amanda ni Pilar se llama Pilar. El Yiorch tampoco se llama Yiorch. El resto de esta historia es real.

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