La orquesta de Auschwitz, para musicalizar el holocausto

Publicado en Música el jueves 20, octubre, 2016

Berlín. En el campo de concentración de Auschwitz hubo lugar para la música.  Aquel sombrío lugar donde murieron 1,3 millones de personas tenía su propia orquesta sinfónica formada por 80 internos. Otros 120 tocaban en bandas montadas por los nazis. Hubo incluso una orquesta de mujeres dirigida por la violinista Alma Rosé, hija del director de la Filarmónica de Viena, Arnold Rosé, y sobrina del compositor Gustav Mahler. Los guardias de la SS usaban la música como herramienta de control,  pero los prisioneros crearon con sus melodías un espacio de resistencia. Un mapa muestra ahora la distribución espacial de esta guerra musical.

La doctoranda de Estudios Germánicos de la Universidad de Stanford Melissa Kagen sabía de la importancia de la música en Auschwitz. Los nazis crearon las bandas para controlar a los prisioneros y éstos intentaban escapar de su realidad con la música. Pero Kagen quería ir más allá, buscaba mapear las distintas melodías sobre el plano del campo I (el de trabajo) y el campo II (el de exterminio, en la cercana Birkenau). Con una selección de testimonios de supervivientes y los registros administrativos del campo ha fijado sobre el terreno algo tan etéreo como la música.

Kagen, instruida por historiadores, geógrafos y especialistas en diseño gráfico del Proyecto de Historia Visual de Stanford, ha colocado una muestra de 24 canciones sobre distintas zonas del complejo, creando una geografía musical de Auschwitz-Birkenau. En esa discoteca hay de todo, desde música clásica hasta el prohibido jazz estadounidense pasando por canciones tradicionales judías. El lugar de su reproducción y el alcance espacial del sonido ayudan a entender y sentir lo que fue Auschwitz. En el mapa ha diferenciado las zonas de música forzada de las llenadas por la tocada de forma voluntaria.

Mapa musical de AuschwitzAmpliar
El mapa de Kagen diferencia la música forzada (naranja) de la voluntaria (azul) y su distribución espacial por el campo / Melissa Kagen

Ya desde su llegada en tren al campo, los prisioneros eran recibidos con valses de Strauss, temas de la opereta La Viuda alegre, de Franz Lehár, o canciones sentimentales de los años 30. El objetivo de los nazis aquí era disipar los temores de los recién llegados. Incluso, a algunos contingentes de los países ocupados se les recibía con canciones populares de su país. A los que salían del campo a trabajar les acompañaban marchas militares para animar el paso o el trabajo ejecutada por bandas. Entre esas marchas estaban piezas como Horst Wessel Lied, el oficioso himno nazi.

En la categoría de música forzada también están los temas que los prisioneros tocaban para solaz de sus carceleros. Como describió el investigador Guido Fackler en su seminal trabajo Música en los Campos de Concentración 1933-1945, la orquesta femenina de Auschwitz erá reunida muchas tardes ante las dependencias de los miembros de la SS para interpretar piezas de Grieg, Schumann o Mozart. “Los prisioneros eran obligados a tocar para el disfrute de sus captores, un proceso que los supervivientes describen como de extrañamiento hacia la música que ellos antes amaban”, escribe Kagen. En esas actuaciones se colaba a veces música prohibida, el jazz de los negros de Estados Unidos.

“Leyendo las notas de los propios prisioneros, me di cuenta de que un espacio concreto, el bloque 24, cerca de la entrada del campo, aparecía una y otra vez relacionado con la música”, explica Kagen. En ese bloque, había un piano y los nazis lo acondicionaron como sala de ensayo. “Después de uno de los ensayos, un pianista húngaro se sentó y tocó la Sonata para piano nº 2, la marcha fúnebre, de Chopin, diciendo que era la música más apropiada dadas las circunstancias”, escribe Kagen.

Orquesta Auschwitz 1

Un espacio sin música para morir

Además de ser un salvoconducto temporal para los que estaban en una banda, la música también se escuchaba en los barracones de los prisioneros. El mapa de Kagen muestra como, al menos en el Campo I, donde estaban encerrados los prisioneros de guerra y los propios miembros de la resistencia alemana, el sonido musical era un arma de rebeldía. Desde el centro del campo se colaba por las rendijas de los barracones la canción Die Gedanken Sind Frei (“los pensamientos son libres”), una popular canción de la Revolución de 1848 convertida en himno de los detenidos políticos alemanes.

Los prisioneros eran recibidos con valses de Strauss o canciones sentimentales de los años 30. El objetivo era paliar su miedo

Mientras, en Birkenau, no hay himnos de resistencia. Del barracón donde un equipo de judíos estaba encargado de organizar y clasificar todos los efectos personales arrancados a los asesinados en las contiguas cámaras de gas, la poetisa Krystyna Zywulska compuso 54 obras interconectadas cuyas letras describían la vida cotidiana en ese infierno. Musicalizadas, se convirtieron en una especie de cabaret que se representaba secretamente por todo el campo.

Para Kagen, en esta guerra sonora de frentes difusos, la música forzada era sentida como una agresión. “Los prisioneros deseaban morir en paz, es decir, querían un mínimo espacio de autonomía en el que morir. Pero esta música, que se ven obligados a escuchar, les agrede no sólo porque altera el espacio, sino porque se mete dentro de sus cuerpos. Comparte su aire y físicamente toca sus oídos”, sostiene.

A 71 años de la liberación de Auschwitz quiero evocar una faceta desconocida de la vida de los campos de concentración nazis y, en particular, la historia del músico Simon Laks.

La alemana es una cultura melómana y la afición por la buena música no fue una excepción entre las huestes nazis. La película de Roman Polanski, The Pianist, ha difundido esta peculiar imagen: nazis despiadados pero conmovidos hasta el éxtasis estético ante una sonata.

El aparato del Reich dispuso que todos los campos de concentración que se “preciaran” de serlo debían contar con una capella o pequeña orquesta. Las orquestas tocaban música por la mañana, cuando los prisioneros salían del campo de concentración a los trabajos forzados, y por la tarde, cuando volvían después de la extenuante jornada; además, amenizaban los eventos festivos de los nazis, como reuniones dominicales, cumpleaños, visitas de funcionarios importantes, por ejemplo. Estas capellas empezaron en los campos masculinos pero más tarde se instauraron también en los femeninos o en los de gitanos.

Simon Laks era un polaco que se había instalado en París para trabajar como músico. Era violinista, compositor y director de orquesta. Fue hecho prisionero y deportado a Auschwitz-Birkenau a los 42 años de edad. En el campo de concentración comunicó a los nazis sus aptitudes musicales y se le destinó a la Lagerkapelle, la capella del campo.

Por aquel entonces esta orquesta era dirigida por Franz Kopka, un preso político, un alemán, que no tenía la menor idea de música pero que había salvado su pellejo en la –relativa– comodidad de la barraca para los músicos. Era un pillo que abusaba de sus compañeros y de quien se despistara. Los músicos, por ejemplo, ofrecían clases a los nazis o conciertos privados, y se les retribuía con la moneda corriente del campo, que eran cigarrillos, que después podían cambiarse por sopa, pan, salchicha o papas. Pero Kopka cobraba su porcentaje a cambio de no delatarlos ante las autoridades del campo. La orquesta entera lo detestaba por abusivo pero se había labrado su puesto, que parecía inamovible, ante los nazis.

Uno de los factores que gozaba de más ascendencia en el cosmos de Auschwitz era el número tatuado en el brazo. Kopka era de la serie 11,000 –uno de los más antiguos–, mientras que Laks era de la serie 130,000, por haber llegado ciento veinte mil prisioneros más tarde. En el sistema trastocado de Auschwitz, ser “millonario”, es decir, contar con muchos ceros en la numeración de registro, equivalía al derecho a ser pisoteado y abusado por los presos más antiguos.

Kopka fue relevado del cargo cuando apremiaban los refuerzos en el frente pero murió antes, enfermo y deprimido. Laks pasó a ser el nuevo director de orquesta de prisioneros de Auschwitz-Birkenau. Su trabajo consistía en reconstituir a diario la orquesta, pues los integrantes fallecían sin cesar, en revisar los instrumentos que llegaban todos los días junto con los nuevos deportados, y en enviarlos a restaurar si hacía falta, en hacer arreglos musicales de las piezas que los nazis prefirieran de acuerdo a las posibilidades humanas y técnicas de la orquesta, a dirigir los ensayos y, en fin, a preparar los repertorios. Más adelante se estableció incluso un rico intercambio artístico entre la orquesta masculina y la gitana.

Algunos de los nombres más aterrorizantes de Auschwitz –señaladamente Johann Schwarzhuber– abandonaban temporalmente su condición de monstruos y la música los humanizaba, los volvía personas aunque fuese efímeramente. Como contraparte, la música ejercía en algunos de los presos una opresión indecible, que los empujaba a la desesperación, la nostalgia o la villanía. ¿Cómo explicar que la música tuviera efectos positivos en algunos nazis y negativos en algunos presos?

Hace setenta años, los últimos en abandonar Auschwitz –a unas horas del arribo de las fuerzas soviéticas– fueron los integrantes de la orquesta de prisioneros. Al verlos, el agradecido director del campo se despidió de ellos con palabras “impregnadas de dolor y de tristeza”, según recordó Laks hasta su último día:

Meine schöne Kapelle! ¡Mi preciosa orquesta!

Luego, la marcha de la muerte para unos y el combate y la muerte para los otros.

En 1947, Laks publicó en París y en francés sus memorias, que escribió al alimón con un compañero de desgracia, Musique d’un autre monde. Treinta años más tarde, Laks reescribió aquel libro –esta vez en polaco– y la perspectiva histórica le imprimió un cariz filosófico. Sus reflexiones sobre la música y la condición humana en aquel contexto límite son una cantera aún por descubrir. Se topó con la censura del aparato polaco que no aceptaba que la música fuera capaz de suavizar a algunos nazis y de enardecer a algunos prisioneros.

Existe una mala traducción al español del segundo libro de Laks, que se titula Melodías de Auschwitz. La editorial Herder México planea para este año la publicación de sendos libros en un solo volumen y durante la presentación del libro se interpretarán –por primera vez en México– obras de Laks. Ideal sería que participaran los violins of hope, aquellos instrumentos musicales rescatados de los campos de concentración y restaurados y que hoy, por ejemplo, se tocaron en un concierto conmemorativo en la Philharmonie de Berlín.

Orquesta Auschwitz 2

 

La acordeonista de Auschwitz

La música ha sido el hilo conductor en la vida de Esther Bejarano, y lo que le salvó la vida en el campo de concentración de Auschwitz. En el mayor campo de exterminio nazi fueron asesinados más de un millón de prisioneros, la mayoría judíos. La acordeonista es una de las pocas sobrevivientes del Holocausto, que a sus 90 años recuerda vívidamente el horror que fue aquel infierno. Logró emigrar a Palestina en 1945, en donde se casó con Nassim Bejarano, pero volvió a Alemania con su marido y sus hijos porque no estaba de acuerdo con la política de agresión israelí. “Que se discriminara de esa manera a los palestinos, eso no lo podía yo aceptar, no después de haber sufrido la misma discriminación nazi”.

Mirando en retrospectiva, Bejarano, que reside en Hamburgo desde los años 60, afirma que tuvo una suerte inmensa. Pequeñita y jovial, sigue teniendo una vida muy activa; con su banda “Microphone Mafia”, en donde también toca su hijo, y dos músicos más, un italiano católico y un turco musulmán, recorre Alemania haciendo campaña contra la extrema derecha, el racismo y la intolerancia.

Esther Loewy, nacida en el Sarre en el seno de una familia acomodada judía, tenía 18 años cuando llegó al portón de Auschwitz un 20 de abril de 1943. “Nos recibieron hombres vestidos de civil, que muy amablemente nos ayudaron a bajar de aquellos vagones para ganado en los que habíamos llegado. Nos dijeron que había a nuestra disposición transporte para los que no pudieran caminar. Nosotros pensamos que si se tomaban esa molestia, no podía ser tan malo el lugar”. Lo que los recién llegados no sabían era que los discapacitados eran enviados directamente a las cámaras de gas.

Los sanos caminaron un largo trayecto hasta llegar al portón. “Ahí hombres y mujeres en uniforme nos recibieron con gritos, nos decían “cerdos judíos”, ahora les vamos a enseñar lo que significa la palabra trabajo”. Ese mismo día Esther, junto con cientos de mujeres y hombres fueron separados. Las prisioneras fueron llevadas a un pabellón en donde fueron obligadas a desnudarse. En ese estado las raparon, las obligaron a ducharse bajo agua fría y les tatuaron un número en el brazo izquierdo. Esther se convirtió en el número 41948.

“En Auschwitz me obligaron a hacer trabajos pesados. Tenía que cargar piedras de un lado del campo al otro. Los nazis tenían la divisa exterminio a través del trabajo”. Esther, que sabía tocar el piano, solía cantar obras de Schubert, Bach y Mozart ante algún capo (como se llamaba a los vigilantes, también prisioneros), para ganarse una ración extra de pan.

Casi todos los campos de concentración nazis tenían su propia orquesta que tenía el objetivo de amenizar la vida de los oficiales de las SS. En 1943, las SS ordenaron a la maestra polaca Sofia Czjkowska, conformar una orquesta femenil. “Das Mädchenorchester von Auschwitz” se convirtió en la única formación musical femenina existente en la red de campos de concentración nazis. Debido a la escasez de mujeres con formación musical se permitió a las judías formar parte de la orquesta, lo que las salvaba de ser enviadas a las cámaras de gas.

“Un día uno de los capos buscaba a mujeres que supieran tocar algún un instrumento. Me propuso a mí y a otras dos prisioneras. Nos llevaron a una barraca para presentar un examen, yo dije que sabía tocar el piano. Czjkowska me dijo que eso no había, que si podía tocar el acordeón me podía quedar en la orquesta. Nunca antes lo había tocado, pero logré sacar los acordes de Bel Ami, y fue como un milagro porque me aceptaron igual que a mis amigas”, recuerda.

Ser miembro de la orquesta les permitió tener algunos privilegios, como dormir en una cama con colchón, cobija y hasta sábanas. También podían comprar productos de higiene y ropa a cambio de raciones de pan. El repertorio musical de la orquesta era limitado, así como los instrumentos que tenían. Interpretaban marchas alemanas, canciones folclóricas y piezas militares polacas.

“Nuestra función en esa orquesta era acompañar musicalmente el paso de las caravanas de trabajadoras cuando salían a trabajar y recibirlas cuando volvían en la noche. También teníamos que tocar cuando llegaban trenes de transporte con nuevos prisioneros”, recuerda Bejarano.

“Esos trenes que llegaban a través de vías especiales provenientes de numerosos países de Europa, pasaban a un lado de donde nosotras estábamos y se detenían delante de las cámaras de gas y los hornos crematorios. Nosotras tocábamos y los recién llegados nos saludaban con la mano. Pensarían que en donde se toca música las cosas no pueden estar tan mal, yo sentía una profunda tristeza”.

ESther

Hasta que grado llegaba la melomanía nazi, lo muestra una anécdota que salvó la vida a la joven. Otto Moll, comandante en jefe de las SS en Auschwitz y director del crematorio, era temido por su crueldad y sadismo. Sin embargo, cuando la joven acordeonista enfermó, Moll, que se sentía responsable de la orquesta, llegó a amenazar a la médica checa con fusilarla si no lograba que la acordeonista recobrara su salud. Bejarano que estuvo al borde de la muerte con una fiebre muy alta se enteró por la enfermera que la cuidó. Regresó a su puesto de acordeonista después de cuatro semanas, aunque siguió padeciendo enfermedades.

El médico nazi Josef Mengele, que hacía sus experimentos con gemelos y esterilizaba a las mujeres judías en Auschwitz, acudía regularmente a la plaza central del campo cuando se pasaba lista a las prisioneras. Con un gesto de mano decidía a quien le tocaba morir y con otro a quien quería en su barraca de experimentos. Esther Bejarano, que enfermaba a menudo, le tenía pavor. Después de siete meses en Auschwitz fue trasladada al campo de concentración para mujeres de Ravensbrück, en Alemania, una consideración, tal vez por iniciativa del mismo Moll, por tener una abuela católica. La joven logró huir poco antes de que el campo fuera liberado por el Ejército Rojo.