Cuento / La Despedida

Publicado en Perspectiva el sábado 16, julio, 2016

Eduardo Pérez Arroyo

Cuento del libro “Todo eso pasó”, publicado en la Feria Internacional del Libro de Morelia 2015.

La mujer levantó el teléfono.

–Mamá, ¿me escuchas?– dijo el soldado.

La mujer dejó caer una taza.

Hacía frío. En un trozo de la pared que estaba junto a la mesa del teléfono la pintura se descascaraba por la humedad. Por las imperfecciones se colaban gruesos goterones.

–¿Eres tú?– preguntó la mujer.

–Sí mamá. Estoy bien.

La voz del otro lado sonaba opaca, pero la mujer no lo advirtió porque la llamada estaba llena de interferencias. Todos los días aparecían nuevas noticias del término de la guerra, y en especial de la derrota. La ciudad, rebosante de huérfanos, viudas y madres jóvenes que habían perdido a sus hijos, no tenía tiempo para reparar las líneas.

–Estoy bien, mamá.

Por la ventana se veían los edificios. Una urbe cuadriculada, plana, sin ninguna curva que rompiera esa irritante regularidad. Una enfermera entró en la habitación y se acercó al soldado. Después le acomodó la venda del brazo, revisó si tenía fiebre y salió de nuevo.

Había empezado hacía tiempo. Meses. Primero los llamaron a todos, los citaron en los cuarteles de las ciudades más importantes, les arengaron un improvisado discurso patriótico y sin darles tiempo de despedirse les dijeron que estaban enrolados en el Ejército y debían partir a las tierras del sur. Varios lloraron de miedo. Después los metieron en unas habitaciones incómodas y a los pocos días los empezaron a trasladar.

–No sabía si estabas muerto– dijo la mujer. –No sabía si te habían regresado con los del primer grupo. En las noticias dijeron que ya habían regresado algunos. Le pregunté a varios, pero no me quisieron decir.

Un doctor entró en la habitación, tomó la ficha y salió.

En el frente, advirtieron los recién llegados, ni los generales sabían qué hacer. Entre los conscriptos se decía que los de las líneas más avanzadas, los primeros que morían por los disparos de los ingleses, apenas recibían una ración semicongelada al día. Los de más atrás, los relevos, a veces alcanzaban un poco de carne y pan. Y los de la retaguardia, los que estaban mejor protegidos, hacían poco y se exponían menos a los ataques del enemigo, con frecuencia llegaban a recibir la comida todavía  caliente.

–Mamá, estoy bien. Me regresaron apenas ayer. Parece que la guerra terminó.

–Eso dicen en las noticias– dijo la mujer.

–Mamá, necesito un favor– dijo el soldado.

El doctor entró de nuevo en la sala, seguido por una enfermera. Le mostró la ficha, señaló al soldado y reclamó algo. La enfermera solo atinó a decir: «Es que son demasiados, doctor, son demasiados…». El doctor, sin dejar de reclamar, caminó hacia la puerta. La enfermera salió tras él.

–Mamá, se trata de un amigo que conocí en el frente. Es mayor que yo. Cuando estuvimos allá me ayudó varias veces. Ahora necesita que nosotros le ayudemos.

–¿Un amigo? ¿Qué amigo?

En el frente, lo vieron de inmediato, la derrota ya era segura. Los soldados no sabían poner las minas explosivas. Antes de enviarlos los reunieron, les explicaron en 20 minutos cómo se hacía y les ordenaron partir. Después los superiores estaban tan descoordinados que, tras desembarcar, los elementos de la Marina morían despedazados por esas minas terrestres que apenas horas antes habían sembrado los propios cuadros del Ejército. Si alguien quedaba vivo era peor. El suministro era tan deficiente que cuando llegaban las medicinas los heridos ya habían muerto hacía días.

–Mamá, ¿oyes lo que digo?

–Te oigo, Martín.

Otra enfermera regresó por la ficha, le tomó otra vez la presión al soldado y salió.

En el frente vio morir a varios de sus compañeros con los miembros podridos. El frío era tan intenso y la ropa tan poco adecuada que los soldados, con frecuencia, morían caminando. Todos sabían cómo empezaban los síntomas. Primero la piel se ponía tirante y empezaban dolores inaguantables, hasta que ya no podían moverse. Muchos mostraban dedos, pies, manos o piernas enteras totalmente hinchadas y de un color morado intenso. A las pocas horas simplemente morían.

–Este amigo está ciego, mamá, y le falta un brazo y una pierna. Se le congelaron y se las tuvieron que amputar. Ayer, después de que lo trajeron, los doctores lo operaron.

Una enfermera entró de nuevo, y al no ver a nadie salió. La puerta quedó abierta. De afuera se colaron gritos, llantos de hombres jóvenes y los pasos apurados de los que intentaban atender a los cientos de heridos.

–Mamá, ¿me oyes?

–Martín, me preocupas tú.

Otros tantos quedaron ciegos por el sol. La nieve de esas tierras yermas reflejaban de tal forma los rayos que incluso en la sombra, con los ojos cerrados, los soldados los sentían traspasarles los párpados. A otros se les colaban por entre la ropa y les provocaban úlceras y escoriaciones que el frío mantenía abiertas por varios días. Los más afortunados habían llevado un par de gafas que malamente filtraban esa luminosidad desesperante. Otros no tuvieron tanta suerte.

–Este amigo está solo– dijo el soldado. Su familia es de la sierra y él no tiene cómo regresar allá. Me dice que su familia tampoco puede venir. Necesita que lo cuiden, que le den de comer. Necesita ayuda para moverse. Mamá, ¿lo podemos atender en casa?

–Martín, ¿tú estás bien?– dijo la mujer.

–Yo estoy bien, mamá. Los médicos me trataron bien. ¿Podemos llevar a este amigo?

La mujer no respondió.

En el frente, muchas veces se quedaron sin comer. A veces avanzaban a menos de un kilómetro de donde estaban los centros de provisiones, pero casi nunca había personal para trasladarlas. Después, con hambre de dos días, debían permanecer en las zanjas semicongeladas que los superiores ordenaron hacer para ocultarlos de las tropas aéreas inglesas. Ahí, entre la oscuridad y el frío que les arrancaba la piel, esperaban horas hasta que algún superior ordenara un nuevo avance o, menos probable aún, que alguien los despertara para comer.

–Mamá, ¿podemos llevar a este amigo?

Un estruendo de pasos llegó desde el pasillo. Varias enfermeras corrían hacia una de las habitaciones laterales. Después pasaron dos médicos.

A veces, cuando no morían de un balazo o congelados, eran víctimas de los propios superiores. En el frente, una vez, vio cómo un compañero fue castigado por robar un pedazo de carne de cordero a los oficiales. Un sargento le ordenó meterse en una de las fosas, que con la lluvia de la noche anterior permanecía llena hasta la mitad de agua helada y nieve. El compañero se congeló y no volvió a caminar. Los superiores, resignados pero furiosos por perder a un elemento, tuvieron que devolverlo a Buenos Aires para que le dieran medicación para los dolores en las piernas.

–No sé, Martín. Este amigo, ¿vivirá con nosotros?

–Sí. Sólo hasta que encontramos un lugar en donde lo atiendan.

En el pasillo se oyeron más pasos. Esta vez el mismo grupo de enfermeras corría hacia el lado opuesto.

–No podemos, hijo. No tenemos dónde dejarlo.

–Mamá, él está bien. Está ciego, pero todavía piensa y habla como una persona normal. Con un poco de suerte su rehabilitación irá bien.

En el hospital del frente vio cómo muchos de sus compañeros llegaban con las manos y pies cubiertos de una costra compuesta por cascaritas de piel necrosada. Para evitar la gangrena los doctores tenían que limpiar varias veces al día con un cepillo de dientes. El dolor era tan intenso que a veces hasta cuatro enfermeras tomaban por la fuerza a los soldaditos. Después ellos mismos, a pesar del frío, se destapaban porque no podían soportar las sábanas sobre las llagas.

–Martín, ¿dónde lo pondríamos? Ya sabes que en esta casa no hay más habitaciones. ¿Dónde dejaremos a tus hermanos? No podemos traer a un desconocido en esta casa. No en estas condiciones. Martín, si él tiene familia ellos deberían preocuparse por él.

–Ya te he dicho que su familia no puede atenderlo…

–Pues que se quede en el hospital.

Las enfermeras entraron con un nuevo herido. Venía dormido. De los brazos le colgaban tubos y en lugar de piernas había dos gruesos muñones cubiertos con vendas ensangrentadas. Las enfermeras dejaron la camilla con el herido en el otro extremo del cuarto y salieron de nuevo.

–Martín, ¿cuándo vendrás tú? ¿Puedes venir sólo? Te puedo ir a buscar. Puedo dejar a tus hermanos con la abuela. ¿Necesitas algo? ¿Ellos te pagarán el traslado? Martín, ¿vos estás bien?

El herido de la otra cama se movió un poco, abrió los ojos y balbuceó algo.

–Sí, mamá. Los doctores me atienden bien. Ahora estoy un poco ocupado. Te hablaré después.

–Martín…

El soldado llamó a una enfermera y le pidió sacar el teléfono. El herido acabó por despertarse y miró alrededor y después se miró el lugar en donde habían estado sus piernas. Al ver los muñones no pareció alterarse. Cuando se despertó por completo, habló.

–¿Tú también quedaste ciego por el sol? Yo no. Sólo se me congelaron las piernas y me las amputaron. ¿A ti también se te congeló el brazo?

–No– dijo el soldado. –Fue una granada.

–¿La granada también te arrancó la pierna?

–No. Esa se congeló.

El herido se levantó un poco para mirar la cara del soldado. Vio que los ojos estaban blancos, sin expresión, y en lugar de pupilas había una especie de ventosa blanca y un poco transparente.

–Tú estás peor que yo– dijo, acomodándose de nuevo. –A mí sólo me cortaron las piernas, pero a ti también una mano. Y estás ciego. ¿Cuándo llegaste aquí?

–Hace una semana.

Un doctor entró, tomó la ficha de la camilla del herido y salió de nuevo.

–¿Tienes familia?– preguntó el herido.

Martín pensó en su brazo muerto, y en sus amigos muertos, y en el hambre y el frío de las islas. Pensó en su padre muerto, y en su madre y en su casa pobre y triste y sus hermanos tristes. Después pensó en las dos novias que había tenido y en las que nunca podría tener, y en que sin su pierna no jugaría fútbol de nuevo. Después pensó en lo que había conversado con su madre. Después respondió:

–No.

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