Morelia, lado B: los locos de la ciudad

Publicado en Perspectiva el miércoles 10, agosto, 2016

Por Eduardo Pérez Arroyo

Morelia, Michoacán.- Durante años fueron de las postales más clásicas de Morelia. Se les veía por el Centro Histórico o por los barrios menos alejados, atendiendo su negocio o por el recorrid o clásico que todos los morelianos ya conocían. Los vecinos los conocían tal como a los templos, relojes, pilas, avenidas, losas, plazas y monumentos. Cada una de sus biografías enriquecía también la biografía colectiva de los habitantes y servía para dotar a la gran ciudad de su lado más humano.

Fueron los personajes típicos de Morelia. Las fechas y cronologías de pierden en el tiempo, pero cualquier citadino de los más antiguos aún los recuerda. A su paso se tejieron miles de historias que hacían que los chicos apuraran el paso y las mujeres caminaran con recelo. Algunas de esas historias eran falsas, otras no. Todas ayudaron a aumentar el acervo cultural.

Viejas excentricidades

En pleno centro de la ciudad, cámara en mano, el Sr. González atendía a quien lo requiriera. Eran los años 40 y los morelianos hacían fila para tomarse la foto. El Sr. González las ofrecía tiempo y de calidad y eso atraía a las masas. Su rutina era siempre la misma: de la casa a la tienda, de la tienda a la casa y a veces a los baños de vapor Mintzícuri, ubicados en la Vasco de Quiroga.

Durante años, miles de morelianos obtuvieron imágenes propias o ajenas tras los servicios del artista. En un tiempo sin medios masivos de comunicación y una vida menos presurosa, el Sr. González llegaría a conocer muy bien a sus clientes y él sería de todos conocido. Las leyendas cuentan que tras su muerte muchos nostálgicos de la ciudad decidieron volver a retratarse jamás por otras manos. La causa de su deceso: un callo infectado que no se trató a tiempo.

Por casi todas las calles de la ciudad circulaba El Media Vuelta. Su verdadero nombre era Vicente Méndez. No le gustaba hablar con la gente, y a regañadientes respondía las preguntas de curiosos y conocidos. El mote le venía de su irreductible costumbre de caminar de prisa, muy seguro hacia donde se dirigiera, para dar una abrupta media vuelta y partir al rumbo contrario con el mismo empeño.

El Media Vuelta tenía sus propias tácticas de sobrevivencia. Cuando algún parroquiano descuidado olvidaba por pocos segundos su vaso en la barra de un bar, el Media Vuelta actuaba presuroso y se marchaba. Cuando el parroquiano volvía a lo suyo y cogía su vaso se encontraba con que mágicamente la cerveza o lo que fuera se había esfumado para siempre. Mientras tanto en la calle El Media Vuelta avanzaba feliz.

Junto con El Media Vuelta había otros dos: El Macho Prieto y El Ratón. El primero portaba invariablemente un sombrero negro y un violín; cuando los estudiantes nicolaitas se burlaban de él su táctica era fija: agarraba el violín y con maestría simulaba en las cuerdas una mentada de madre. El Ratón, cada vez le achacaban el mote de comunista o bolchevique, correteaba a todos para lanzarles pedradas. La rabieta era clara y justificada: el sobrenombre le dolía porque años atrás había sido acólito de templo.

Era la época en la cual existían pocas farmacias en la ciudad: La Purísima, La Popular, La Equitativa, Mier, la de San Luis, la Cruz, Refugio, La Camarita, la León, la Central. Estaban las chocolaterías, los volantines con música y los bailadores. La poca competencia y los muchos años habían logrado convertir todos esos establecimientos en una imagen clásica de la ciudad, y si frente a ellas se paraban los excéntricos que acostumbraban recorrer las calles se podía ver en un mismo cuadro a dos de los mayores íconos morelianos.

En calle Pino Suárez 60, frente a la Imprenta Del Balsas Publicidad, tenía sus rumbos la conocida doña Lupita. Pordiosera de profesión y conocimiento profundo del arte del buen pedir, durante más de tres décadas aceptó el dinero de morelianos y afuerinos. Su método era eficaz y su recorrido clásico: a las 8 de la mañana subía por la Madero al Centro, almorzaba bien en el Hotel Casino o el Alameda –parte de la limosna– y a las dos de la tarde seguía su camino rumbo al monumento a Morelos. Su presencia era un lujo para cualquier incauto: sólo desde un peso –mínimo– hacia arriba aceptaba como tarifa.

Doña Lupita era sensata y ahorrativa. Todo el dinero, que rondaba los 200 pesos diarios, era depositado sagradamente en una cuenta Bancomer. Los morelianos más antiguos cuentan que era tanta su devoción por el orden que permanentemente ofrecía préstamos para ayudar a salir de algún apuro. “No te preocupes”, dice don Alfonso Cruz Anguiano que una vez ella le dijo a algún empleado del banco. “Te presto dos mil ahora y después más porque a otra gente le presté diez mil…”

De la excentricidad citadina, uno de los más clásicos fue Pito Pérez, de nombre Jesús Pérez Gaona. Los antiguos morelianos lo recuerdan bien. Conocido también como El Hijo Lacre, deambulaba protegiéndose la testa con un sombrero carrete, sin camisa, un mugroso pañuelo al cuello, pantalones arremangados por sobre las rodillas y ocasionalmente zapatos limpios. En sus canastas cargaba espejos, peines, ligas, listones y agujas que de vez en cuando algún piadoso le compraba. Durante años, el Pito Pérez fue la principal pesadilla de los más chicos, hasta que una vez alguien corrió la noticia: había sido encontrado muerto cerca un basurero.

Otros personajes eran El Espitia y El Melitón. El Espitia era alcohólico, y aunque inofensivo, también asustaba a los niños. Con los ojos enrojecidos y de mirada furiosa se le veía recorrer la ciudad. Su señal de entrada, justo antes de pedir invariablemente “un diez para la copa” era clásica y no apta para los oídos mas píos: “!Aquí viene el Espitia, hijos de su chingada madre!”

Por su parte El Melitón seguía la larga tradición iniciada por muchos y se dedicaba al limosneo profesional. Durante años se le vio vivir en la miseria, hasta que a su muerte se le encontraron monedas de oro y plata y se descubrió que las sobras de alimentos que por décadas pidió para consumo propio se destinaba en realidad a la engorda de una piara de cerdos de cómoda abundancia.

El callo retornado

Con esos viejos rostros germinaron también muchas historias y algunas de ellas trascendieron hasta hacerse parte de la mitología urbana. En Morelia, como en cualquier lugar del mundo, material hubo se sobra y siempre algún financista amante de las tradiciones lanzaba la moneda necesaria para asegurar la continuidad del rubro. Los excéntricos de antaño fueron reemplazados por otros no menos característicos, y ante cada desaparición de alguno, nuevos llegan a tomar su lugar con presteza y el parque se renueva cada cierto tiempo.

Otros personajes típicos también dejaron huella. Alfredo González, sobrino del mismo Sr. González que cámara en mano atendía a quien lo requiera, continuó el negocio y repitió los servicios de su antecesor. Un día, siguiendo la tradición, se metió a los baños de vapor de Matcozuri. Fue el inicio de la pérdida: una pierna se le infectó y debieron amputársela. Desde entonces dijo adiós a las historias de fútbol y los largos recorridos por la bohemia de la ciudad. La causa, una vieja conocida: un callo infectado que no se trató a tiempo.

cerrada san agustin

“Como hoy, la Cerrada San Agustín fue el principal refugio de quienes tenían que pedir para obtener el sustento”.

Hotel alameda

“En esta esquina mendigó, durante años, Doña Lupita. No aceptaba cualquier cosa: sólo desde un peso para arriba”.